Vallejo: El poeta del dolor humano

El transcurrir de las penas por el alma genera, y evoca a su vez, la sensación de que algo ocurrido debe ser escrito sobre el gran papel manchado del acervo cultural. El poeta siente el implícito hedor de la alegría y la sutil belleza de un grito de dolor y los eleva con su canto hasta un estado superior. La verdad sobre lo que no podemos ver revela lo poético de la permanencia en el mundo.

Me atrevo a asegurar que el poeta persigue infalible, hasta encontrar, como la hiena, el placer de la carroña y que, como el león, porta el título de señor de la selva: de la selva de la palabra.

Para aquel que se atreve a escuchar el llamado de dicha selva, la precariedad y la imperfección del lenguaje no existen más; entrará entonces a la realidad, no por la puerta principal, sino por la trasera, la que huele a verdad, a evidencia de un delito del que nadie se responsabiliza.

Cuando la palabra del poema de la vida llega a las manos del ávido escritor, sea éste inocente de letras, un novel aprendiz o un implacaz labrador de la ruptura del lenguaje, todo lo que era imperceptible pierde esta condición y encuentra estadía en la revelación, dentro del poema.

El poema ofrece así un mecanismo de creación, una nueva verdad que ni el tiempo, ni la mirada inexperta podrán abolir. El poema le da vida a los objetos; así mismo, despierta los demonios y le da al poeta y al lector las armas necesarias para vencerlos. Crea seres ingrávidos e inmortales, que no por esto están exentos del sufrimiento y la degradación.

En la poesía de César Vallejo, por ejemplo, lo negro, lo doloroso, lo terrible sale a gritos, sale denunciante, pero renunciante, a través del poema. Aún así, «todo lo sufrido» y la raíz de ello permanecen dentro del alma del poeta, como una forma de rito, como si en verdad diera sus versos en sacrificio: como si se hubiese vestido de ladrón y de verdugo para escribir cada verso.

César Vallejo es acaso el mayor exponente de la poesía del siglo XX. Nació en Santiago de Chuco, Perú, en 1892 y es fue un poeta en toda la extensión y en todas las dimensiones de la palabra.

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Tres poemas

En Los heraldos negros, un poema publicado por primera vez en 1918, en un libro homónimo, César Vallejo sirve las palabras como ofrenda a las inclemencias de la vida, al sufrimiento:


    Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé.
    Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
    la resaca de todo lo sufrido
    se empozara en el alma… Yo no sé.

    Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
    en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
    Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
    o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

    Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
    de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
    Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
    de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

    Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
    cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
    vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
    se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.

    Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

En el siguiente poema, conocido como Fue domingo en las claras orejas de mi burro, el poeta demuestra el don de la palabra precisa:


    Fue domingo en las claras orejas de mi burro,
    de mi burro peruano en el Perú (Perdonen la tristeza)
    Mas hoy ya son las once en mi experiencia personal,
    experiencia de un solo ojo, clavado en pleno pecho,
    de una sola burrada, clavada en pleno pecho,
    de una sola hecatombe, clavada en pleno pecho.
    Tal de mi tierra veo los cerros retrasados,
    ricos en burros, hijos de burros, padres hoy de vista,
    que tornan ya pintados de creencias,
    cerros horizontales de mis penas.
    En su estatua, de espada,
    Voltaire cruza su capa y mira el zócalo,
    pero el sol me penetra y espanta de mis dientes incisivos
    un número crecido de cuerpos inorgánicos.
    Y entonces sueño en una piedra
    verduzca, diecisiete,
    peñasco numeral que he olvidado,
    sonido de años en el rumor de aguja de mi brazo,
    lluvia y sol en Europa, y ¡cómo toso! ¡cómo vivo!
    ¡cómo me duele el pelo al columbrar los siglos semanales!
    Y cómo, por recodo, mi ciclo microbiano,
    quiero decir mi trémulo, patriótico peinado.

En Espergesia, Vallejo escribió el verso que lo hiciera el portador oficial de la voz de la tristeza.


    Yo nací un día
    que Dios estuvo enfermo.

    Todos saben que vivo,
    que soy malo; y no saben
    del diciembre de ese enero.
    Pues yo nací un día
    que Dios estuvo enfermo.

    Hay un vacío
    en mi aire metafísico
    que nadie ha de palpar:
    el claustro de un silencio
    que habló a flor de fuego.

    Yo nací un día
    que Dios estuvo enfermo.

    Hermano, escucha, escucha…
    Bueno. Y que no me vaya
    sin llevar diciembres,
    sin dejar eneros.
    Pues yo nací un día
    que Dios estuvo enfermo.

    Todos saben que vivo,
    que mastico… y no saben
    por qué en mi verso chirrían,
    oscuro sinsabor de ferétro,
    luyidos vientos
    desenroscados de la Esfinge
    preguntona del Desierto.

    Todos saben… Y no saben
    que la Luz es tísica,
    y la Sombra gorda…
    Y no saben que el misterio sintetiza…
    que él es la joroba
    musical y triste que a distancia denuncia
    el paso meridiano de las lindes a las Lindes.

    Yo nací un día
    que Dios estuvo enfermo,
    grave.

Estos poemas anuncian lo artístico y lo duradero de la poesía de Vallejo; evidencian la ruptura, la revelación, el trasegar del poeta por los caminos dolorosos del sufrimiento cotidiano. César Vallejo grita con las incontables voces del sufrimiento para una audiencia que lo sigue escuchando y leyendo para descubrir la verdad de lo invisible.

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Polimatía y eclecticismo visual
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